viernes, 13 de marzo de 2015

ETIMOLOGÍAS



Democracia

Del griego clásico demos = pueblo y kratos = gobierno (gobierno del pueblo), en donde los demoi (demos) eran los varones de descendencia pura de atenienses y que constituían apenas el 5% de todos los habitantes de la polis. De esta guisa, el pueblo estaba conformado por una extrema minoría, excluyendo a mujeres, niños, esclavos y bárbaros (todo aquel que no era griego). Un gobierno del pueblo era todo menos una democracia tal como la concebimos (o imaginamos) hoy en día.
Por otro lado, la acepción de pueblo usada en nuestros tiempos viene del vocablo latino populus, del que resulta interesante que comparta la misma raíz etimológica que la palabra puber, que designa al adolescente, aquel al que le empieza a crecer el pubes (vello púbico). El populus, en origen, se oponía al senatus, que era lo que nosotros conocemos como senado y que consistía en un grupo de ancianos (senex; confróntese “senil”, “senectud”) que ejercían funciones consultivas. De esta manera, el populus era el grupo de jóvenes de la república romana, y sus facultades estaban limitadas al manejo de las armas, y por lo tanto no tenían cabida en las decisiones del gobierno dada su incapacidad para entender esos asuntos.
A pesar de que una comparación de este tipo con la democracia moderna resulta un anacronismo, de todos modos puede decirse que la modernidad es similar a la antigüedad, tanto del lado de los griegos como de los romanos, pues no deja de ser cierto que el gobierno demócrata está conducido por un grupo de privilegiados que son, al mismo tiempo y en su mayoría, un grupo de imberbes con facultades nulas para gobernar. Ese es el gobierno del pueblo, tanto en su razón etimológica como en nuestra experiencia. Habrá que pensar dos veces cuando se pida a gritos la democracia.


Zaä Manuel



Democracia



PROSAS


Democracia


La democracia es la esencia de la república. (O debería ser).
Actualmente, en México el verdadero poder del pueblo es el silencio.
Callados y sentados es como la gente pacífica vemos transcurrir el paso del tiempo en esta parte del hemisferio.
Sin voz y sin movernos.
Al que habla y expresa alguna diferencia con la gente del poder en turno, lo callan estratégicamente. Y el que se mueve incomoda a los que cómodamente gozan de algunos privilegios.
Ese es el verdadero poder del pueblo: el silencio de la lucha que se ha fomentado desde la extraña culpa por la Revolución mexicana. Generación tras generación seguimos callados y sentados.
Personalmente, como maestra de una escuela pública, procuro que los jóvenes hablen, se expresen y se muevan, que propongan, que rompan la monotonía del espacio rígido (mas no riguroso) que suelen ser los salones de clase. Sin embargo, no pocas veces en ese intento he salido herida, sangrando ironías.
La dignidad humana sin democracia es un gigante que debe ser construido en sagaz congruencia ética. Y esto requiere prepararnos día a día en la lucha de la vida diaria, sin permitir, callados y sentados, el menor abuso.



Alma Vilchis

El árbol




MISTERIOS

El árbol

El árbol es un todo en sí mismo, un todo, sí, una totalidad extensa y perfecta compuesta principalmente de tiempo. Véase aquel árbol que está allá afuera, justo frente a la ventana, ese árbol que siempre ha estado allí quién sabe desde hace cuánto. La mutabilidad de sus hojas es muestra de su metabolismo asimilador de tiempo: en el ser del árbol están ya la primavera, el verano, el otoño y el invierno; y de cierto modo también el paraíso y el infierno. A cambio de las estaciones, el árbol nos regala sus hojas, siempre distintas, cada una con su propio y particular modo de ser, con su color y su ligereza. Pero el árbol, en su ser compuesto, parece ser siempre el mismo, y sin embargo esa mismidad encierra todas las cosas, la vida y el misterio del ser.
La única novedad en el árbol son las hojas, esas hojas verdes, ocres y guindas que vemos crecer en él y cambiar según su tiempo. Pero esa novedad proviene de un olvido soterrado en las profundidades de su tronco, en el germen propio del árbol. Las raíces que sostienen al árbol son el recuerdo de algo que hubo de perderse justo en su nacimiento. Esa semilla que contenía en su diminuto intestino el secreto de la vida y de las estaciones, del calor y del frío, de la melancolía otoñal y de la rebosante fecundidad de la primavera, hizo que aparecieran a nuestros ojos todos sus secretos internos.
Una hoja que cae en nuestro camino suele ser el principio de la compasión: uno la escucha crujir bajo la suela, y luego del extraño deleite voltea a ver al árbol que irremediablemente se deshoja. Siente entonces compasión por las demás hojas que también habrán de caer para ser reemplazadas por hojas nuevas. Y pensará en el olvido de la pobre hoja que se ha pisado y en el olvido de las demás. Luego reflexionará sobre sí mismo y se dará cuenta que es también como una hoja que habrá de caer del árbol de la humanidad y que también habrá de perderse en el olvido.
Que habremos de caer como caen las hojas de un árbol tal vez ya estaba escrito en la semilla que germinó nuestro destino. Pero ese destino es inconcebible: la hoja no sabe si portará nuevas semillas para nuevos árboles, y por eso se deja desprender fácilmente con la bravura del viento, dejándose arrastrar hacia nuevos terrenos. Pero que el nuevo terreno sea fértil es cuestión del misterioso azar. Pobres hojas, pobre humanidad.



Por: Oscar Quiroz

lunes, 2 de marzo de 2015

La torre de las ratas

Desde que había empezado a anochecer, sólo tenía un pensamiento. Sabía que, antes de llegar a Bingen, un poco antes de la confluencia con el Nahe, encontraría un extraño edificio, una lúgubre morada ruinosa, de pie entre los juncos, en medio del río y entre dos altas montañas. Aquella morada ruinosa era la Maüsethurm. Cuando era niño, por encima de mi cama tenía un pequeño cuadro rodeado de un marco negro que no sé qué criada alemana había colgado en la pared. Representaba una vieja torre aislada, enmohecida, destartalada, rodeada de aguas profundas y oscuras que la cubrían de vapores, y de montañas que la cubrían de sombras. El cielo por encima de aquella torre era sombrío y cubierto de nubes horrendas. Por la noche, después de haber rezado a Dios y antes de dormirme, miraba siempre aquel cuadro. Lo volvía a ver en mis sueños y me parecía terrible. La torre aumentaba, el agua hervía, un relámpago caía de las nubes, el viento soplaba en las montañas y, por momentos, parecía lanzar clamores. Un día le pregunté a la criada cómo se llamaba aquella torre. Santiguándose, me respondió que se llamaba la Maüsethurm. Y luego me contó una historia. Que en otros tiempos, en Maguncia, en su país, había habido un malvado arzobispo llamado Hatto, que era también abad de Fuld, sacerdote avaro, según ella, que «abría la mano más para bendecir que para dar». Que un mal año compró todo el trigo de las cosechas para revendérselo muy caro al pueblo, pues aquel cura quería ser muy rico. La hambruna fue tal que los campesinos morían de hambre en los pueblos del Rin. Que entonces el pueblo se reunió alrededor del burgo de Maguncia, llorando y solicitando pan. Que el arzobispo se lo negó. En este punto, la historia se hacía terrible. El pueblo hambriento no se dispersaba y seguía rodeando el palacio del arzobispo, gimiendo. Hatto, enojado, hizo rodear aquellas pobres gentes por sus arqueros que detuvieron a hombres y mujeres, ancianos y niños, y los encerraron en un troje al que prendieron fuego. Fue, añadía la vieja criada, «un espectáculo ante el que hasta las piedras habrían llorado» pero Hatto no hizo sino reír; y cuando aquellos desgraciados, expirando entre las llamas, lanzaban gritos lamentables, éste dijo: «¿Estáis oyendo a las ratas silbar?» Al día siguiente, del troje fatal sólo quedaban cenizas; no había nadie en Maguncia; la ciudad parecía muerta y desierta cuando, de repente, una multitud de ratas, que pululaban en el troje quemado como los gusanos en las úlceras de Asuero, salían de debajo de la tierra, surgían de entre las losas, salían por las grietas de los muros, renacían bajo el pie que las aplastaba, se multiplicaban bajo las piedras y bajo las mazas, e inundaron las calles, la ciudadela, el palacio, los sótanos, las salas y las alcobas. Era un azote, una plaga, un repugnante hormigueo. Fuera de sí, Hatto abandonó Maguncia y huyó hacia la llanura pero las ratas lo siguieron; corrió a refugiarse en Bingen que tenía altas murallas, pero las ratas pasaron por encima de las murallas y entraron en Bingen. Entonces el arzobispo mandó construir una torre en medio del Rin y se refugió en ella con la ayuda de una barca alrededor de la cual diez arqueros golpeaban el agua; las ratas se arrojaron al agua, cruzaron el Rin, treparon por la torre, royeron las puertas, el tejado, las ventanas, los techos, los suelos y, llegadas por fin a la mazmorra en la que el miserable arzobispo se había escondido, lo devoraron vivo. Ahora la maldición del cielo y el horror de los hombres pesan sobre esta torre llamada Maüsethurm. Está desierta, en ruinas en medio del río y, a veces, por la noche, se ve salir de ella un extraño vapor rojizo que parece el humo de una hoguera, pero es el alma de Hatto que regresa. ¿Han observado ustedes algo? La historia es en ocasiones inmoral, los cuentos son siempre honestos, morales y virtuosos. En la historia el más fuerte prospera, los tiranos triunfan, los verdugos gozan de buena salud, los monstruos engordan, los Sila se transforman en buenos burgueses, los Luis XI y los Cromwell mueren en su cama. En los cuentos el infierno es siempre visible. No hay falta que no tenga su castigo a veces incluso exagerado; no hay crimen que no traiga tras de sí un suplicio con frecuencia espantoso; no hay malvado que no se convierta en un desgraciado a veces digno de lástima. Eso ocurre porque la historia se mueve en lo infinito y el cuento en lo finito. El hombre, que hace el cuento, no se siente con derecho a exponer los hechos y dejar suponer las consecuencias de los mismos; porque palpa en la oscuridad, no está seguro de nada, necesita acotarlo todo por medio de una enseñanza, un consejo y una lección; y no se atrevería a inventar acontecimientos sin conclusión inmediata. Dios, que hace la historia, muestra lo que quiere y conoce el resto. Maüsethurm es un término cómodo. Se ve en él lo que se quiere ver. Hay espíritus que se consideran positivos -y que no son sino áridos-, que expulsan de todo la poesía, y están siempre dispuestos a decirle, como aquel hombre positivo al ruiseñor: «¡Quieres callarte, maldito animal!» Este tipo de mentes explican que la palabra Maüsethurm viene de maus o mauth, que significa peaje. Declaran que en el siglo X, antes de que se ensanchara el cauce del río, el paso del Rin sólo estaba abierto por la orilla izquierda y que la ciudad de Bingen había establecido por medio de esta torre su derecho de fielato sobre los barcos. Se apoyan en que aún hay cerca de Estrasburgo dos torres parecidas dedicadas a la percepción de impuestos sobre los transeúntes, que también se llaman Maüsethurm. Para estos graves pensadores inaccesibles a las fábulas, la torre maldita es una puerta de consumos y Hatto un portalero o aduanero. Para las gentes sencillas, entre las que me incluyo gustoso, Maüsethurm procede de maüse, que viene de mus y significa rata. Esa supuesta puerta de consumos es la torre de las ratas, y el aduanero un espectro. Después de todo, las dos opiniones podrían conciliarse. No es absolutamente imposible que hacia el siglo XVI o el XVII, después de Lutero, después de Erasmo, los bugomaestres incrédulos hubieran utilizado la torre de Hatto y hubieran instalado provisionalmente alguna tasa y algún peaje en aquella ruina de mala fama. ¿Por qué no? Roma hizo del templo de Antonino su aduana, su dogana. Lo que Roma hizo respecto a la historia, Bingen pudo hacerlo respecto a la leyenda. Así, mauth tendría razón y maüse no estaría equivocada. Sea como fuere, desde que la vieja criada me narró el cuento de Hatto, la Maüsethurm había sido una de las visiones habituales de mi espíritu. Ya saben, no hay hombre que no tenga sus fantasmas, como no hay hombre que no tenga sus quimeras. Por la noche pertenecemos a los sueños; a veces los atraviesa un rayo de sol, a veces lo hace una llama; y según el reflejo colorante, el mismo sueño es una gloria celestial o una aparición del infierno. Efecto de luz de Bengala que se produce en la imaginación. Yo debo reconocer que la torre de las ratas, en medio de su charca de agua, siempre me pareció horrible. Por lo que -¿me atreveré a confesarlo?- cuando el azar, que me pasea a su antojo, me condujo a orillas del Rin, el primer pensamiento que se me ocurrió no fue que vería la cúpula de Maguncia, o la catedral de Colonia o el Palatinado, sino que podría visitar la torre de las ratas.

Víctor Hugo

497

Número 497 de El Afirmativo, el periódico de Nicolás Romero.